martes, mayo 24, 2005

Si el sueño me lo permitiera, me abrazaría a mi perro toda la noche y lo acariciaría llorando.
Hoy hablaba de sentimientos y animales: yo dije lo que sabía. Pero ahora mismo me siento como un gato que llora al sentirse trapo.
Le pregunté: ¿Estás enamorado? No quiso contestarme, eso es peor que un "no" o un "poquito". Y la verdad ya no me importa. El enamoramiento está tan difamado, que preguntar por él es sembrar el miedo.
Quisiera cerrarme como un girasol y con un alfiler en el pecho, prenderme un vestido amarillo que me enlutara todo el día.
Una vez aseguré que las maneras más valientes de suicidarse eran: dejar de comer o dejar de respirar. Cualquier cabrón que sienta hambre o asfixia, adorará la vida al volver a respirar o salivar por un bocado.
Para morir, comería trigo crudo, fresas con crema y me inyectaría en el brazo un jugo de nueces; mi cadáver olería tan bien, que lo rechazarían los buitres.

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