lunes, enero 15, 2007

Mi primo Omar y yo, éramos como hermanos. Cualquier cosa que hacíamos -incluso tomar agua del mismo vaso de manera alternada, emitiendo un ruido diferente en cada trago- era divertida. Nos bañaban en cubetas cuando éramos bebés y jugábamos en la tierra.

Mientras los adultos veían películas series B, nosotros nos reíamos con todos los juegos. El favorito era construir casitas de palo miniatura, habitadas por un pueblo pacífico y armonioso que incluía personajes de Disney, WB y Hanna- Barbera.

Una vez, le rayamos el trasero con plumones de colores permanentes a su hermano creyendo que hacíamos una obra de arte. Es una de las travesuras más inocentes que recuerde, que me hacen sentir más culpable.

Mi primo siempre tuvo la nobleza que a mi me falta, y me enfurecía ver que en la primaria algunos se aprovecharan de él. (Nunca le pegué a Sergio por golpearlo, sólo porque el mismo Omar me pidió que no lo lastimara.) Muchas veces, me entristecía profundamente cuando sus papás lo regañaban tan injustamente... era un niño adorable, qué necesidad.

Toda la vida, nos hemos imitado la voz mutuamente y yo hago como que me enojo para que se ría. Si a alguien debiéramos de culpar por no estar tan unidos ahora, es a las consolas de videojuegos y a la pubertad. Pero siempre conservamos el cariño que nos caracteriza.

A los 8 años de edad fuimos a San Diego, y el único recuerdo que pudimos comprar fue una ranita de plástico para cada quien; él me confió la suya y la tengo guardada, con inmenso cuidado. Esta se va a sus manos la próxima vez que lo vea, ojalá que la recuerde o sí que lloro cuando le explique su origen.