domingo, abril 20, 2008

En el verano nunca volvemos a ser los mismos

No hay temporada que me trastorne más que el verano (Y estoy tomando en cuenta la navidad).

Es la época de metamorfosis, que injustamente, llega cuando me estoy sintiendo más cómoda con el número de velas del pastel pasado.

Y eso no es lo de menos, alrededor pasa lo mismo. Las personas mutan, como en una adolescencia efímera sin barros. De las cloacas salen vapores y de las cuevas, bestias adormiladas -de mal humor-.

Por eso la población se va a las playas; ahí la vista es plana, porque los bañistas se quitan la camiseta por lo menos; porque el agua actúa como neutralizador. La desnudez también.

J- Pero todavía es primavera, chiquis.
L- Ya sé, pero está ahí detrás de la puerta, esperando a que me agache por el jabón.
J- Jajajajaja.

He de confesar que tengo miedo. El año pasado, según yo iba a prepararme, a conciencia, con todas las armas posibles. No sirvió o tal vez sí y no me di cuenta.

Estoy temerosa; porque tal vez de esto surja una mariposa multicolor o una oruga quinceañera.

Tenía tanta razón la Ale, la incomodidad no está en el lugar, está adentro. El extremo de esta situación es "Hawaii-Bombay". Pero lo anterior ocurre porque al lugar a donde vayas, será verano.

Esta temporada de finales de junio, intentaré mermar entre esos dos performances. La evasión (Ale Guzmán) y la introspección (Nacho Cano).

Pero nunca dejaré de bailar. Lo prometo.


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