miércoles, septiembre 03, 2008

Purpurina era una chica extraña

Le gustaba hacerse pajillas electrónicas mientras escuchaba a The Smiths. Estaba casada con Benito, quien dulcemente le decía, a veces por olvido, a veces por puro amor:

-Purpurina, ¿Quieres casarte conmigo?
-Ay Benito, ya estamos casados.
- ¡Es cierto! Te amo.
-Yo a tí

Y así sucedía. Por las noches, Benito fingía estar dormido para sentir las miradas de Purpurina, y viceversa. Así estaban a veces toda la noche, hasta que llegaba el orgasmo a las 5:00. Para dormir estaba la siesta. Benito odiaba la lencería, así que reprimía el espíritu erótico de ella. Pero, "más sin en cambio" le encantaba que se disfrazara de abeja marinera. Los aniversarios los pasaban en la terraza.

Purpurina le era fiel, pero no con la mente. Nunca quisieron hijos porque los abdómenes de los dos eran muy lisos como para arruinarlos. Paseaban como adolescentes, y en las cantinas aún les pedían identificación, porque parecían niños.

Su felicidad consistía en no dar ni mucho ni poquito. Y recibir proporcionalmente con exactitud.

Para darle aires nuevos a su relación, se compraron un Gran Danés que olía a caballo y cagaba como tal.

Y aquí acabó la historia de Purpurina y su esposo Benito.

1 comentarios:

Lorena Ceballos dijo...

Clap clap... así es como deben de ser las parejas de la actualidad!

yea!