miércoles, enero 13, 2010

Los ví mientras se convertían en una estatua

En ocasiones pienso que notaron mi presencia, o escucharon mi mano en la entrepierna. Mi figura es un rombo, húmedo en cada esquina. Pelean por el área de sus cuerpos. Esta ventana cadenciosa, tantos muslos. Pornografía de palabras sucias. Siento un calor intenso en el rostro.

Los seguí cuando entraron al almacén entre risas. Tienen culpa; por sus consortes durmiendo respectivamente en el lecho de la "monotogamia". La culpa los mueve más. Casi no la acaricia, ambos llevan urgencia de leerse en gemidos. La penetra. Ella esperaba sin abrirse. Creo que finge un poco, para jugar y fantasear. No la culpo. Sus gritos son el cuadro perfecto entre las mercancías ¿Me observan? El olor, indescriptible. Sus hijos serán unicornios. No emprenden el vuelo,  mecen la barca al naufragio.

Ella no lo sabe, pero esos trucos para acortar el encuentro son bien conocidos, él lo sabe. Le pide que se detenga y sea más suave. Ella con los dedos, le peina el cabello con fuerza. La saliva de él,  le  acaricia la cara por descuido. Se gustan por el momento que viven, se entienden sin hablar. Mi vientre es el papel donde los pinto, para no tomar fotografías.

Son dos flamencos. Un demonio de buenas intenciones les domina y los libera al mismo tiempo. Lo sueltan , descansan, respiran, se separan y miran el cielo. Han de discutir quién sale primero. Se sacuden la ropa. No volverán a tocarse en la vida o se queman. Como mis ojos esa noche.

Yo los guardo a ambos, como separador de un libro, como un envoltorio de regalo, como una película en beta. Y siempre que reviso el almacén, me recuesto sobre los aires que dejaron. Uno debe guardar ciertos naipes.



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