lunes, enero 25, 2010

Sobre el cliché de los uniformados

No le quité el atuendo. Desabroché la bragueta. El olor a ciudad de su cuello era suficiente para volar. De manera evasiva, para que yo no sintiera su oficio, fue gentil. Irónicamente yo deseaba fuerza y juegos pesados. Me dice palabritas que mojarían a alguien con ilusiones.

Nadamos en un columpio que desafiaba la gravedad. Como si de múltiples puertas se tratara, los poros se abrían de par en par.  Varios años de matrimonio le dejaron un regalo para mi. Correcto, ritualista, bondadoso y sistemático.  Y yo aprendí a las esposas acostumbradas, a recostarme y dejar que pasaran las cosas. La extraña mucho, pero nunca lo dirá. Ella le enseñó esto. Si nos ponemos estrictos y descorporizados; le estoy haciendo el amor a su ex consorte.

-¿Puedo volver  a verte?

 -No sé.

A mi me desconcentra construir tan rápido la intimidad con alguien. Tengo capacidad, sin embargo necesito que un día me inviten un barquillo de nieve. Otra ocasión al cine, luego un mensaje de texto. Estoy acostumbrada a la cercanía,  aunque no se incluyan los mimos. Pero no quiero cercanía, ni nada.

Sólo quiero que me regale su camisa, como un portaretrato que me he inventado. Él cree que podemos enamorarnos (yo me cautericé hace tiempo ya). Además, un rosario en el espejo y el salami en el refrigerador me recuerdan lo difícil que es el amor moderno.

En la mesita de su cuarto, hay fotografias de cuando tenía mi edad. Si lo hubiera conocido entonces, yo no le cerraba el ojo.  Comienza su día de trabajo, yo escribo.

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